¿Y si el traje que tanto te costó conseguir nunca fue el tuyo?
Quizás ahí esté lo que llevas tiempo cargando sin nombrar.
Durante años cargué una culpa callada.
La de no haber terminado ciertos estudios. La de no llegar al rol profesional que en mi familia se esperaba de mí.
Así que hice lo que muchas hacemos: estudiar.
Una carrera tras otra. Cursos, certificaciones costosas, diplomas que colgar. Buscaba, sin decirlo en voz alta, un traje que por fin me hiciera sentir suficiente.
Y cada traje nuevo me quedaba un tiempo. Hasta que dejaba de quedarme.
Hubo un día en que lo vi claro.
Estaba mirando lo que estudiaban otros profesionales —abogados, psicólogos, médicos— y me di cuenta de algo que me detuvo: estaban aprendiendo lo mismo que yo. Las mismas ideas, los mismos autores, las mismas preguntas.
Y entonces entendí que lo raro nunca fui yo.
Eran las etiquetas. Los roles que nos hacen creer que hay una sola forma correcta de ser profesional, de vestirse, de hablar, de pararse frente al mundo. No era el traje.
No era cómo lo llevaba.
Era cuando lo elegía.
En psicología se estudia como auto-concordancia,
un concepto desarrollado por investigadores como Kennon Sheldon, que observaron algo simple y a la vez enorme: cuando lo que perseguimos nace de lo que auténticamente somos, se sostiene con vitalidad; cuando lo perseguimos por presión de afuera o por deber, se siente ajeno, aunque lo consigamos.
En la vida cotidiana, esto se ve más simple.
Puedes tener el título, el cargo, el reconocimiento. Y aun así sentir que llevas puesto algo que no te pertenece.
O puedes ponerte algo que elegiste desde adentro, y sentir que por fin respiras.
La diferencia no está en el traje. Está en quién lo eligió.
Te cuento algo pequeño, de esos que la vida acomoda cuando estás lista.
Hace años, en un viaje por Europa, compré un sello con las iniciales SF. No sabía para qué. Lo compré por intuición, pensando que algún día significaría algo. Creí que sería “Saskia y Frank”.
Años después, preparando las tarjetas de mi matrimonio, tomé ese sello en las manos y lo vi de otra forma.
No decía Saskia y Frank.
Decía Saskia Fulco.
Lo había comprado antes de saber que ese sería mi nombre. La identidad ya me estaba esperando. Yo solo tenía que estar lista para llegar a ella.
Porque hay decisiones que no se fuerzan desde la cabeza.
Se ordenan cuando ya estás lista. A veces por caminos que compraste sin saber por qué.
Y cuando llegó el rol que sí elegí —el de consultora, este que construyo junto a Frank— me lo puse y por primera vez no me sentí disfrazada.
Nunca dejé de ser profesional por no encajar en un molde. La libertad y el profesionalismo cabían juntos. En mí.
Eso es decidir desde quién eres.
No es un acto heroico. A veces es solo dejar de sostener lo que ya no te representa, y permitir que lo tuyo se acomode.
Mi nombre es Saskia Fulco.
Y este espacio es para eso: para que dejes de buscar el traje que te haga suficiente, y empieces a reconocer el que ya es tuyo.
Sin presión. A tu ritmo.
Si quieres seguir desde aquí, escribí un libro sobre esto — sobre decidir desde tu identidad, no desde lo que se espera de ti. Se llama Aprender a Ser, y lo puedes encontrar en Amazon, por si quieres tenerlo cerca.
Por hoy, solo una pregunta:
¿Qué traje llevas puesto, que en el fondo nunca elegiste?

