Hay cosas que llevas años cargando sin saber para qué las guardas.
Hoy te cuento dos: un letrero en México y un sello en un cajón.

Hoy quiero contarte dos cosas que me pasaron con una diferencia de años, y que resultaron ser la misma cosa.

La primera fue en México.

Hace poco más de un año viajé a Zamora, una ciudad de Michoacán asentada en un valle. Fui acompañando a una amiga que estaba dando su primer taller internacional, con otra amiga en común. No fui por mí — fui a sostenerla a ella.

Íbamos entrando, en un tour, cuando vi el letrero.
ZAMORA.

Si le quitas la primera letra y la última, lo que queda es amor.

Como Roma, que al revés dice lo mismo.

Me quedé mirándolo. No sé si alguien más en ese bus lo vio.

Y aun así, esos días movieron cosas mías que yo no había ido a mover.

Los primeros días no estuve cómoda.

Y no es que me pase seguido. Me pasa cuando entro en un ecosistema que no es solo mío, y con esto me refiero a un espacio donde ya hay otras personas sosteniendo lo suyo: sus expectativas, sus nervios, lo que vinieron a resolver.

Cuando comparto espacio así, empiezo a percibir cosas que no venían conmigo. Es decir: me despierto con una incomodidad que yo no traía de mi casa, y me toma un rato entender que no es mía.

El lugar donde nos quedamos no era lo que esperábamos. La amiga con la que compartía habitación lo sintió igual, casi al mismo tiempo, y las dos nos miramos sabiendo exactamente lo mismo sin tener que explicarlo.

Podíamos habernos ido a otro lado. Había opciones más cómodas y estaban a la mano.

Pero nosotras nos hicimos una promesa hace años: acompañarnos en los procesos. Y cuando digo procesos no me refiero a los viajes bonitos. Me refiero a los días en que a una le toca algo grande y las otras dos se quedan cerca, aunque quedarse cerca sea incómodo.

Una promesa así no se cumple desde la habitación bonita del otro lado de la ciudad.

Así que nos quedamos donde estaba ella.

Buscamos, dentro de lo que había, la habitación que más se pareciera a nosotras. No era la perfecta. Era la mejor de todas, y fue nuestra.

Ahí pasamos el proceso. Y con esto quiero decir que no lo resolvimos rápido ni nos convencimos de que no pasaba nada: lo dejamos durar los días que duró, sin buscarle salida.

A los días ya estábamos cómodas.

Y fue justo al terminar, con el proceso cerrado, cuando salí a caminar y vi el lugar.

Lo vi de verdad. La belleza que llevaba días teniendo delante.

El lugar era el mismo desde el primer día.

Yo no.

La segunda cosa había pasado años antes, y yo no lo sabía todavía.

En un viaje a Europa compré un sello con las iniciales SF.

Lo vi, me gustó, y después pensé: ah, Saskia y Frank. Nada más que eso. Una coincidencian bonita que me hizo comprarlo.

Lo guardé y ahí se quedó.

Años después, preparando unas tarjetas, lo saqué del cajón y lo miré bien.

Y vi lo que decía en realidad.

No era Saskia y Frank.

Era mi nombre. El que iba a ser el mío.

Ese sello hoy es el sello de mi marca.

En psicología se estudia como priming perceptivo,
un fenómeno que investigadores como Endel Tulving ayudaron a describir: una vez que algo queda registrado en nosotros, aunque sea sin atención consciente, cambia lo que somos capaces de reconocer después. No aparece información nueva. Se vuelve accesible la que ya estaba.

Por eso hay cosas que llevamos años teniendo delante y un día, sin explicación, se leen distinto.

En la vida cotidiana, esto se ve más simple.

El libro que compraste hace tres años y que abriste justo ahora, cuando por fin te dijo algo.

La frase de tu abuela que repetías sin entenderla, hasta el día que la entendiste.

La conversación que tuviste hace tiempo y que hoy, de pronto, sabes de qué se trataba.

Nada de eso llegó hoy. Estaba ahí.

Lo que cambió fuiste tú.

Y esto es lo que me tomó tiempo entender: muchas cosas ya están puestas antes de que las reconozcas.

No aparecen cuando decides. Se vuelven visibles cuando estás lista para verlas.

El sello llevaba años en un cajón. Zamora la tenía delante desde el primer día.

Ninguno de los dos apareció. Los dos esperaron a que yo pudiera leerlos.

Y hay algo más, que solo vi después: en Zamora el regalo no estaba al principio. Estaba al final.

Si me hubiera ido antes de que el proceso cerrara, me habría llevado la incomodidad de los primeros días y nada más.

Por eso me detengo cuando alguien me dice que está empezando de cero.

Casi nunca es de cero.

Casi siempre hay bastante puesto ya, sin nombrar. Cuadernos, ideas que vuelven, conversaciones que se repiten, cosas que compraste sin saber por qué.

Y cuando una empieza a leer eso bien, la vida deja de sentirse como una lucha por conseguir cosas.

Se siente más como ir reconociendo lo que ya estaba.

A veces me preguntan qué lugar recomiendo para visitar México.

Casi todas esperan que diga Cancún, Tulum o Ciudad de México. Y son preciosos, y los recomiendo con gusto cuando lo que buscas es eso.

Pero yo primero pregunto otra cosa: ¿a qué vas?

Porque no es lo mismo ir a descansar que ir a encontrarte. Y con esto me refiero a que hay viajes de los que vuelves con fotos, y viajes de los que vuelves con algo tuyo que no llevabas en la maleta.

Si lo que buscas es lo segundo, yo te digo Zamora.

No está en las listas. No es el destino obvio. Y creo que por eso mismo te deja verte.

Yo quiero volver. Y esta vez quiero llevar a Frank.

 

Mi nombre es Saskia Fulco.

Y este espacio es para eso: para que dejes de buscar afuera lo que llevas tiempo cargando, y empieces a leerlo bien.

Sin presión. A tu ritmo.

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Por hoy, solo una pregunta:
¿Qué llevas años cargando, sin saber todavía para qué lo guardas?

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