Casi siempre nos vamos justo antes de que algo sea nuestro.
Hoy quiero contarte lo que noté en una lista de canciones.

Hoy quiero contarte algo que noté escuchando música, y que después no me dejó tranquila.

Hay un disco que pongo desde hace años. Alma Restaurada, de Lolità y Manu Pozzi.

Lo pongo mientras hago otras cosas. Ya me lo sé. Y precisamente por eso hacía mucho que no le prestaba atención de verdad.

Hasta que un día me quedé mirando la lista de canciones.
La número diez se llama No me voy.

La once se llama Perteneces.

Me quedé ahí. Con el orden.

Primero no me voy. Después perteneces.

Nunca al revés.

Y pensé en todas las veces que yo me fui antes de tiempo. Y en todas las mujeres que he acompañado que hicieron lo mismo.

Porque decidir, decidimos bien. Casi siempre.

Lo que cuesta es quedarse.

Empiezas algo que elegiste con claridad. Y en algún punto llega la parte incómoda: no va tan rápido como pensabas, aparece algo tuyo que no querías ver, alguien te ofrece otro camino que se ve más limpio.

Y te vas. Cambias de método, de guía, de ruta.

Con un argumento que suena bien: esto no era para mí.

En psicología del desarrollo de procesos se estudia una etapa que Bruce Tuckman describió,
trabajando sobre cómo maduran los equipos: entre el entusiasmo inicial y el momento en que algo empieza a funcionar de verdad, hay siempre una fase de fricción. Tensión, dudas, ganas de abandonar. Y no es una señal de que el camino esté equivocado.

Es la etapa donde el camino se vuelve propio.

Lo describió mirando grupos, pero se ve igual en un proceso de una sola persona.

Quien se va en esa fase no se lleva nada. No porque falle. Porque salió antes de que el proceso terminara de entregarle lo suyo.

En la vida cotidiana, esto se ve más simple. Y se ve en todas partes.

En la pareja, cuando algo no está dando lo que se esperaba. No se habla. Se acumula. Y un día uno de los dos se va, convencido de que la relación no era. A veces te vas tú. A veces te dejan. En las dos, casi nunca se dijo a tiempo lo que se estaba sintiendo.

En el trabajo, cuando algo te pesa desde hace meses y nunca se lo dijiste a quien tenías que decírselo. Renuncias por dentro mucho antes de renunciar por fuera.

Y del otro lado del escritorio pasa lo mismo. Alguien decide que una persona ya no funciona para el equipo, y toma la decisión sin haberla conversado nunca. Sin haber dicho lo que esperaba, sin haber preguntado qué estaba ocurriendo. La deja ir convencido de que no daba.

Cuando eso pasa arriba, se repite abajo. Un equipo no comunica más de lo que comunica quien lo dirige.

En la familia, donde las cosas llevan tanto tiempo así que ya ni se nombran. Te vas de la conversación aunque sigas sentada en la mesa.

Con las amigas, cuando algo se enfrió y en vez de preguntar qué pasó, dejas que se apague.

Y en los procesos que emprendes para ti. Encuentras una coach, una terapeuta, una guía. Si algo no funciona como esperabas, buscas otra. Y otra. Y terminas con información de cinco personas distintas, cada una desde su rol, ninguna terminada.

Un sancocho de caminos, y ninguno andado hasta el final.

En todas hay algo en común, y me tomó años verlo: casi nunca se comunicó lo que estaba pasando.

Se decidió sobre lo que uno supuso.

Y es tan fácil echarle la culpa al otro. Que no vio, que no entendió, que no dio.

Pero muchas veces el otro nunca supo.

Porque cuando alguien pone lo suyo sobre la mesa — lo que siente, lo que le pesa, lo que esperaba — pasa algo que no pasa de ninguna otra forma: la otra persona también pone lo suyo.

Y cuando las dos partes logran ver el punto de la otra, ahí sí aparece la decisión.

La real. La que sabe lo que está decidiendo.

A veces esa decisión es quedarse. A veces es irse.

Pero ya no es huida. Es una elección con los ojos abiertos.

Porque quedarse tampoco es quedarse para siempre.

Es quedarse hasta que el proceso termine de entregarte lo que tenía para ti.

Y eso se sabe de dos formas. A veces la persona que acompaña lo dice: esto es lo que tengo para ti, hasta aquí llego. Y a veces llegas tú antes, con la claridad suficiente para reconocer que ya recogiste lo que había.

Eso me pasó. Me quedé hasta el final con quien me acompañaba, recogí todo lo que tenía para darme, y desde ahí — no antes — supe que lo que seguía era caminar distinto. Construir lo mío.

Si me hubiera ido antes, me habría llevado la mitad de lo que había ahí para mí. Información suelta, sin terminar de asentarse. Y habría salido a buscar en otro lado lo que ya estaba ahí.

Lo otro — salir sin decir — no es irse.

Es dejar algo sin terminar de vivir.

Y aquí hay algo que me costó aceptar más de lo que pensaba: casi nunca ves el camino completo.

Lo que ves es el paso siguiente. A veces apenas eso.

Por eso irse se siente tan lógico. Cuando la vista es corta y el terreno se pone áspero, parece evidente que ese no era el camino.

Aprendí a honrar los pasos aunque se vean a corta distancia.

No hace falta el mapa entero para caminar bien. Hace falta quedarse el tiempo suficiente para que el camino te reconozca.

Porque lo que no atraviesas entero no llega a ser tuyo.

Y pertenecer no es algo que se elige.

Es lo que aparece cuando te quedaste.

 

Mi nombre es Saskia Fulco.

Y este espacio es para eso: para que lo que empezaste tenga dónde sostenerse, y no se quede a mitad de camino.

Sin presión. A tu ritmo.

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Y si al leer esto reconociste un proceso tuyo que no terminaste de atravesar, hay caminos que se sostienen mejor acompañada. La solicitud de consultoría está abierta. La dejo aquí para ti.

Por hoy, solo una pregunta:
¿De qué te fuiste, justo antes de que fuera tuyo?

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